martes, 4 de noviembre de 2008

EL PRIMER CAFÉ

Entré como encogido y no sabía si entraba para tomar café o para que me lo tomaran, dentro de una taza. Yo era pequeño pero mi corazón guardaba las mismas proporciones que la cabeza: podían adivinarse que eran desmesuradas. Y allí, entre aromas de plantación grano a grano, tenía la intuición de que iba a aparecer, de un momento a otro, mi primer amor.
Recorrí, de perfil, el pequeño café, que estaba repleto. No tardé en encontrar el final de la barra; ella misma me invitaba a introducirme en un hueco que conducía al último espacio del café. No tuve más remedio que entrar porque me empujaron. Irrumpí como un rayo, de frente, y aún tuve tiempo de apreciar la soledad de una silla de madera que hacía compañía a una joven mujer. Antes de tomar la decisión de sentarme me aseguré de que no le molestaba mi presencia.
-Llevo viniendo con frecuencia a este café, y nunca lo había visto tan lleno -me justifiqué.
-No se preocupe, no quiero estar sola -comentó para tranquilizarme.
Me quedé mirándola unos segundos: fueron miradas paralelas, pero expresivas. En un instante, me regaló una sonrisa y yo aproveché para invitarla.
-Como nadie nos ha presentado, ¿qué le parece si le invito a un café?
Ella seguía sonriendo; era una sonrisa tendida en las mejillas, desgarrada, suspendida firmemente, como si temiera perder la alegría. Hizo un gracioso movimiento con la cabeza y asintió. De pronto se le ocurrió presentarse.
-Como nadie nos ha presentado le diré que me llamo Marina y que acepto con mucho gusto su invitación. Sólo hay tres cosas en la vida que merecen la pena: una es recibir el olor corporal del hombre al que amas, cuando sale de la ducha; otra es percibir la fragancia de la rosa cuando te la regala el hombre al que amas; y la tercera es recoger el aroma del mejor café, compartido con el hombre al que amas.
No supe qué decirle, ni siquiera mi nombre; estaba un poco desconcertado. Me ayudó el camarero, que llegaba en ese instante.
-¿Qué desean los señores: café bueno, exquisito, excelente, ejemplar... o el mejor de todos, nuestro café?
Nuestra contestación fue simultánea y no tuvo nada que envidiar al eco.
-Nos gustaría mucho tomarnos el tiempo con ese café superior, recrearnos en su olor y su calor, y esperar a que anochezca.
Entonces, con una suave delicadeza, el señor camarero extrajo una rosa del ojal de su chaqueta y la colocó en un pequeño jarrón vacío que se encontraba en la mesa. Mientras esperábamos el café, los tres nos detuvimos a contemplar la rosa.
-Esta rosa que admiramos es como un reloj de arena, que el tiempo la transforma en polvo. Sólo cuando respira nuestro aroma consigue revivir -sentenció el camarero.
Llegó el café cuando más hambrienta estaba la rosa y eso nos permitió comprender su importancia.
Conversamos sin piedad sobre lo espontáneo del encuentro, que ya justifica una despedida y un reencuentro; y del misterio de una risa, interminable; de la pasión por el olor y la gloria; de la literatura barata y de la ceniza; del polvo de mis dedos y del brillo de sus ojos.
Humedecimos los labios en el borde de la taza; sorbimos muy torrefactos el líquido de la esperanza, que no quería terminarse y, luego, sin mediar palabra, nos cogimos las manos.
Aquella tarde habíamos tomado algo más que un café: si no nos soltábamos, el primer amor nunca se acabaría.

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