Cayó la tarde, pero ella seguía enganchada a mis manos. Vi con estrépito cómo sus labios ardían y vi que buscaban afanosamente a un bombero canalla que los aliviara.
Había aguantado ya muchas tardes así, desvelado, tomando un café detrás de otro, soportando pacientemente su rutina, que tanto me reconfortaba; entregado a sus ojeras casi en calma; escuchando sus reproches como halagos; o embobado en su sonrisa, siempre triste.
Tenía que decirle algo, pero no me acordaba. Traté de recuperar mi vieja energía, soplé y acabé susurrando a su oreja más cercana.
-Cariño, ¿te apetece tomar otro café?
Estaba esperando a que se lo preguntara; casi devoraba la taza.
-No me llamo cariño, mi nombre es Carina, y he decidido no dormir esta noche. Necesito otro café.
No me sorprendió su respuesta; llevaba muchos cafés escuchando lo mismo: tenía miedo de ver la taza vacía. Tardé en fruncir el ceño y avisé al camarero.
-Don Gabriel, por favor, ¿sería tan amable de servirnos el penúltimo café?
-¡Cómo me gusta escuchar esa pregunta! Nuestro local es una plantación para ustedes.
Aquellas palabras acabaron impulsando la propuesta. Durante mucho tiempo estuve clavado a su belleza, sin poder resistirme: sus ojos luminosos levitando sobre mis pupilas; su nariz de champiñón en sí entregada; su boca salvaje, ensimismada; su cintura intratable; sus piernas sin límite.
Enseguida, me dí cuenta de que no sabía quererla: acaso, nunca la tuve; por eso, no la podía perder. Y vacilé unos segundos.
-Llevo rato sin saber cómo convencerte, Carina, para que no tomes más café. No quiero que te resistas a marchar a la cama sola, ni a pedir el café sin leche.
-Me gusta el café solo, pero es la única soledad que soporto -sentenció muy convencida.
Solté una pequeña lágrima que acabó posándose en el fondo de la taza, y la bebí. Fijé mi mirada perdida en su rostro sincero, recuperé una ilusión herida y la invité a desahogarse.
-No me insinúes que me dejas. Si te quieres ir llévame contigo. Me he acostumbrado a tus caprichos y dependo hasta de tus defectos. Me gusta cada día más tu imperfección y esa eterna contradicción que te persigue. Si me quieres engañar déjame que te ayude...
Seguí escuchándola hasta el final; sentí que luchaba por aferrarse al único amor que había tenido y no quería que se le escapara. Traté de separar un momento sus manos de las mías y ella alargó el brazo. Buscó una excusa para no llorar; al instante, comprendí que debía invitarla a un café.
-Don Gabriel, por favor, ¿sería tan amable de servirnos el penúltimo amor?
No hay comentarios:
Publicar un comentario