martes, 4 de noviembre de 2008

EL HOMBRE QUE ESCRIBÍA DEMASIADO

Llevo varias horas intentando declararme a la máquina de escribir. Y por más que lo intento no lo consigo. Hay algo de ella que me da miedo, no sé si serán sus tabuladores, sus retrocesos, sus puntos suspensivos...

Recuerdo ahora que fue hace una semana cuando se enganchó a mis dedos, y ese simple contacto la mantuvo excitada durante el tiempo que duró el más apasionante relato que he llegado a escribir en mi vida; era un relato de relatos, la historia de un escritor que tenía tantas ideas en la cabeza que sentía la necesidad de expresarlas apresuradamente, como si el tiempo corriera en su contra, como si pensara que otros escritores se las fueran a robar.

Y no quería perder el tiempo. Y sobre el tiempo giraba la primera historia de su relato; no era una historia independiente, estaba ligada al resto de sus historias, de una manera deslabazada pero comprensible. Era una más de sus muchas contradicciones:

“Un hombre, puede que joven, está posado sobre la barandilla de la terraza de su casa, más cerca del cielo que del suelo. Conoce a una mujer, puede que bella, y la invita a subir.

La mujer, puede que cierta, acepta sin vacilar demasiado, tal vez porque su vida había sido hasta ese instante una cuerda fina y delicada, y ella una funambulista aficionada.

El hombre, puede que invisible, le propone a esa mujer, puede que inservible, lo que todo ser humano mínimamente sensible está deseando que le digan en su vida.

-Mira, muñeca, sobre esta barandilla edificaremos la iglesia donde nos casaremos y nuestra relación durará el tiempo que consigamos sostenernos en ella.

Esa mujer, puede que sorda, queda hechizada ante la verborrea de ese hombre quien, sin perder un segundo, clava su mirada en los labios de ella y la besa sin piedad.

Tan contundente será aquel beso que les hará tambalear y será irremediable su caída al vacío.

En el transcurso de la caída, el hombre, puede que ciego, hará una terrible confesión a la mujer, puede que muda.

-Sabía que nuestro amor iba a ser fugaz, pero me tenías que haber advertido que no sabías sostenerte sobre una barandilla.

Para estos dos seres, puede que serios, aquel descenso constituyó la más hermosa de las historias de amor que imaginarse puedan. Tardaron veinticinco años en estrellarse contra el suelo, y no tardaron más porque la barandilla en la que estaban posados y se llevaron consigo acabaron perdiéndola en el camino. Pero, tal vez sea mejor así, porque si no esta historia no hubiera tenido fin”.

No podía detenerme. El personaje de ese escritor necesitado de reunir historias se había apoderado de mí. Y yo quería demostrar a mi máquina que no podía vivir sin ella. Y ella sería, precisamente, mi siguiente motivo de inspiración:

“Un hombre, puede que cuerdo, conoce un día de lluvia a una máquina de escribir, abandonada en un portal.

La máquina, puede que triste, sabiéndose empapada, pide que le coja en brazos.

El hombre, puede que noble, recoge la máquina y la refugia en su gabardina. Ha tomado la decisión de llevársela a su casa y de cuidarla.

La máquina, puede que seca, sabiéndose protegida, comienza a experimentar una ligera atracción hacia ese hombre. Y comienzan las ilusiones de compartir una vida, de mecanografiar una esperanza.

Al principio nada será fácil pues todos los trabajos los realizará el hombre y la máquina sólo le ayudará por escrito.

Cuando el hombre, puede que harto, descubra la utilidad de la máquina conseguirá el equilibrio que andaba buscando y juntos vivirán una hermosa historia de amor, justo el tiempo que duren las historias que sepa contar”.

Estaba sumergido en el fondo de mis historias. La máquina me pedía más y más y yo no podía negarme. Pero temía que no se acabaran nunca. Me preguntaba cómo ligarlas sin perder el hilo argumental; sin perder la coherencia en el lenguaje, como en la siguiente historia:

“Un hombre, puede que incierto, abrazado a una calavera, se entretiene haciéndose preguntas.

-¿Quién narices soy? ¿Por qué tengo estas narices? ¿Qué son estas narices: un avión, un pájaro, un calcetín? ¿Por qué tengo varices? ¿Por qué no podemos ser felices? ¿Por qué no comemos perdices?

Sólo ante esta pregunta, él mismo pudo dar contestación.

-No podemos comer perdices porque puede que estén envenenadas y, entonces, no podríamos ser felices. Pero, si las comemos, y efectivamente se confirma que están envenenadas, nos moriremos y, como consuelo, no nos preocuparemos más por las varices, ni siquiera de si tenemos o no tenemos narices de ser felices.

¿Qué me dices?, le preguntará la calavera, puede que infelice, y a esa pregunta no tendrá contestación pero, entonces, habrá descubierto el sentido de la afirmación.

-Soy un hombre a una nariz pegado, soy una nariz superlativa... Soy de feliz, descomunal y me gusta tener varices.

Definitivamente, ese hombre, puede que breve, habrá encontrado la razón de la sinrazón”.

El escritor, puede que hombre, seguía necesitado de contar historias. Éstas iban surgiendo casi sin querer.

“Un hombre, puede que escritor, lleva varias horas intentando contar una historia que no tenga fin; puede que la historia de un amor, del amor a una historia.

Un hombre, puede que una historia, se ha empeñado en convertirse en una máquina de escribir”.

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