martes, 4 de noviembre de 2008

DESECHOS

1


Como todas las mañanas
decidí caminar entre malandrines
para tomar a uno como ejemplo.

Podía llamarse bulto,
un osobuco más en la historia,
el único capaz de reventar
tres mil quinientas lóbregas luciérnagas
entre tanto tonto ecuestre.

Precoz parásito y filibustero,
ínclito cornúpeta proselitista,
zorríngona de muchos quilates,
crepúsculo de los inútiles,
anfibio castrense,
corrector de los mortales.

Como si fuera un funámbulo místico,
un perfecto cretino,
el mayor de los necios y majaderos
que en el mundo han sido…

Me cago en los triunfadores como él
que envenenan el aire,
en los mentecatos que pervierten el lenguaje,
en los trepadores voladores,
en los presbíteros cefalópodos,
en los entretenidos murciélagos de la canasta.

En resumidas cuentas,
me cago en los cagones,
en los que padecen diarrea mental,
en los que no se cagan nunca,
en los cagolasiempre y metomentodo,
en los cargantes,
en los pedantes,
en los rumiantes,
en los sobrantes,
en los de antes,
en los guisantes,
en los asaltantes,
en los insultantes,
en tantos tontos tunantes…,

cágome,
cágome,
cágome,

en la abrumadora paciencia del vetusto,
en el intrépido energúmeno,
en el vituperable hombre de las gunfias,
en el estrafalario centauro del desierto,
en la vil alimaña desaliñada,
en los cavernosos insectos saharauis,
en la minúscula razón de la cerradura,
en los que siempre se cierran en banda,
en la banda ancha, más ancha que larga;
en los que la tienen más larga,
en los que largan y largan y vuelven a largar,
en los que se largan siempre sin pagar,
en los que dicen «Paga y Vámonos»,
en los malos pagadores,
en los gorriones gorrones,
en los señores maricones,
en los chicos Danone,
en todos aquellos que ningunean,
en los que van a alguna parte,
en los que se parten de risa por nada,
en los que se ahogan en un vaso de agua,
en los insípidos…

Me cago en los plácidos ácidos,
en los que provocan la acidez por tozudez,
en los tartamudos boludos,
en los cornudos,
en los estornudos de los estúpidos,
en los tupidos velos del mejor de los adefesios,
en los procelosos celosos…

Y cómo no,
me cago en los piadosos cobardes,
en los perdonavidas acomodados,
en los tirios y troyanos,
en los que tienen floja la mano,
en los nenes anonadados,
en los expertos en naderías,
en los que nadan sin guardar la ropa,
en los que viven de la sopa boba,
en los bellos bobalicones…

Y eso sin desmerecer
a los estrepitosos abisinios,
a los almogávares,
a los proxenetas,
a los puñeteros,
a los puteros,
a los esparteros,
a los pateadores,
a los salteadores,
a los aburridos,
a los estreñidos,
a los extremistas,
a los alarmistas,
a los caducos,
a los títeres
y a los coleópteros.

Me repugnan los berreadores
que se entretienen en amargar la vida
con sumo gusto,
los pontificadores que sientan cátedra
con el polvo como único testigo,
los profetas del pasado
que creen
que la historia siempre se repite,
los profetas del presente
que creen
que no tenemos futuro,
los profetas del futuro
que creen
que no tenemos presente,
los profetas poetas
que apestan a croquetas,
los coleccionistas de pamemas,
los carroñeros que se acuestan con floreros,
los floridos reptiles
que se camuflan en la maleza,
los vulgares maleantes
que roban hasta el pensamiento…

Y no me olvido de los prostáticos
que se aburren estimulando su sexo,
ni de los prostitutos
que se jactan de sus atributos,
ni de los especuladores
que se pasean con pasamontañas,
ni de los miserables deudores,
ni de los que ascienden de cargo
por tener el coeficiente mental bajo cero,
ni de los cerdos a la izquierda
que se citan al fondo a la derecha…

Abomino de los parásitos
que parafrasean a malparidos,
de los consejeros
que nunca ponen en práctica sus consejos
(«Lo que vale para ti no vale para mí»),
de los hipotéticos hipopótamos
que se sienten importantes
y resultan importados,
tan hipócritas como hipotenusos;
de los vendedores de humo
que toman por costumbre
no dar más de lo que piden;
de los persistentes pirómanos,
expertos monotemáticos
en los juegos pirotécnicos;
de los mezquinos y carpetovetónicos
que chapotean en el mar de la inmundicia,
de los imberbes con alma decrépita,
de los carcamales que no se mueren nunca,
de los pusilánimes y mequetrefes
que coquetean con las ratas,
de los aborrecibles plumíferos
que ensucian el buen nombre de la literatura,
de los visionarios alucinados que nunca descansan;
y de los otros,
los que creen que el arco iris
sólo tiene un color,
el negro.


2


Maldigo la hora que conocí al inepto,
al maestro de la vacuidad,
al rey de zoquetelandia,
al único que se atreve a despreciar

los consejos del virtuoso,
del paciente impenitente,
del generoso adulador,
del glorioso encantador de serpientes,
del magnánimo provocador de dignidades,
del bizarro alpinista de bondades,
del sicario del bien…

Admiro al solidario nada solitario,
al filántropo recalcitrante,
al noble señor de los pacíficos,
al venerable computador de sapiencias,
al sabio con mayúsculas,
al que abusa con justicia,
al que contagia la alegría…

Idolatro a los despejados que purifican el aire,
a los abrumadores que se extasían ayudando,
a los poetas que regalan versos,
a los que se ofrecen con remedios,
a los que nos abren el camino,
a los que nos esperan a las puertas del alma,
a los incansables escuchadores,
a los que oyen, ven y cantan,
a los entretenedores y cucharas
que nos hacen felices sin comer perdices,
a los elegantes pordioseros
que jamás pierden la solemnidad…

Puestos a escoger
prefiero al que vive en el intento;
al que busca la cordura,
la terrible cordura del idiota;
al que se implica en causas perdidas,
al que vive apasionadamente los cuentos,
al que pone pasión durante toda la vida,
al que toma el toro por los cuernos,
al que cree que los niños vienen de París,
al que sabe que los reyes no son los padres
ni pueden serlo nunca,
al que ve siempre el vaso medio lleno…

Abrazo a los que hacen el amor y no la guarra,
a los pacifistas guerreros que luchan por la paz
y por Mari Paz,
a los que dan todo por nada,
a los que hincan los codos por placer,
a los que producen placer sólo de verles,
a los ponderados que modelan el equilibrio
a los que nos evitan los malos momentos,
a los risueños
y a los que participan en nombre de la risa…

Sólo respeto al inocente,
al que tira la mano y esconde la piedra,
al que atiende a razones,
al que pisa con garbo,
al que besa como Greta,
al que asume los riesgos,
al obstinado comprometido,
al que no se rinde ni ante la evidencia,
al que combate las palabras con hechos,
al que te ofrece un techo,
al que te previene de un fantoche,
al que atropella a los coches,
al que cambia el polvo por brillo…

Me conmueve el seductor que reconoce sus defectos,
el autocrítico que atropella a la sinrazón,
el ilustrado que protege al ignorante,
el dadivoso que traiciona a su bolsillo,
el zapatero que pone un ladrillo,
el tirano que taconea sobre sus sesos,
el megalómano que se traga su arrogancia,
el fanático que mitifica a su sepulturero,
el haragán aplastado por la maleza…

Me abruma el espontáneo que no deja de sorprender,
el amante que se hace camino al amar,
el creativo que se hace camino al crear,
el caminante que olvida el camino de atrás,
el farsante que un día descubre la verdad,
el verosímil que cree hasta en sí mismo,
el atinado que resulta siempre creíble,
el superdotado que derrocha su energía…

Me estimula la presencia de la musa,
la brisa de la ilusa,
la prosa de la espesa,
la risa de la rusa,
la excusa de la esposa…

Me subyuga el perímetro de la flaca,
el diámetro de los papas,
la circunferencia de los cráneos,
la cuadratura del círculo,
los glúteos panorámicos,
el triángulo de las desnudas,
el logaritmo de los bíceps,
la ecuación de las nalgas,
la multiplicación de los penes,
la suma de los peces,
la conjura de los restos…

Adoro la carne que nos vimos,
el aliento que nos echamos,
los besos que nos bebimos,
la bilis que nos tragamos,
la arruga que escondemos,
la verruga que aplastamos,
el sudor que concedemos,
la ceja que arqueamos,
el pedúnculo que rendimos,
el lóbulo que soplamos,
la mano que tuvimos,
el ombligo que mojamos,
el iris que fundimos,
la turgencia que pecamos,
el apéndice que sentimos,
la pierna que entregamos…

Ensalzo a la amante creciente,
a la bestia menguante,
a la curva potente,
a la estrella errante,
a la mema saliente,
a la luna mutante,
a la patata caliente,
a la puta cantante.

Mitifico a la ninfa afeitada,
a la efigie diáfana,
a la afable forofa,
a la efímera infame,
a la afamada famélica,
a la afligida mofada,
a la infalible esférica,
a la ínfima ofuscada,
a la perfecta florida,
a la infeliz confiada…

Venero al incapaz capataz
que zapatea contumaz
sobre su cabeza asaz,
al sagaz zascandil
que zancadillea tenaz
al zopenco zulú,
al zarrapastroso procaz
que con un mazo azul
se azuza el orzuelo,
al zíngaro voraz
que zozobra pertinaz
por una cazuela de zarzaparrilla,
al zángano falaz
que con razón reboza
la zanahoria del macizo rapaz,
al cazador vivaz
que amenaza la nariz
del zorro zalamero,
al zancudo pizpireta
que atenaza su zurrón
y se zampa un zumo de cazalla,
al zumbado zangolotino
que se enzarza sin anzuelo
con el zopilote zoófilo…


3


Me asdrufia el cardosfio,
píntero y murfante,
amplitado de mortemas,
olisanto de mutantes,
esglútero poliésemo,
vístero apolicrante,
mantera de incrustos,
mísero deshufatante.

Me omurga el jeriontro,
plácido y pitésico,
empliostro de anasumas,
anfiento de cuméticos,
meotrasto de enfilexis,
petráminos de azuléticos,
necombrio asturansónico,
vesomio marupasémico.

Me emprasma la bulirda,
cánfica y consúmica,
tan pitínica y putérica,
como buléntoca y butúmica,
entrísteca tristiristética,
filósica filosomúsica.

Me improsta el maliéntropo,
ensimastado de tiranismos,
aprexionante ante las gorfias,
istiriscado sobre los prismos,
lastroso entre los mustros,
petromio en los petrismos,
ansudo desde los antios,
batracio casi datismos.

Atesoro fístulas asimartantes,
bonifico pontias amanzanantes,
claudico pistros asesinantes,
propongo pongos pongoneantes.

Miscelánea de ospurosis,
batiburrillo de ancofias,
plebiscito de mandulias,
conglomerado de alimoñas.

Exhausto de camiarsis,
rendido ante los congrios,
proclamo la feloya,
sumido en los metrollos.

En el mísero arrabal de los trasuntos
vuela el orgán hacia los tristos,
suave quístio de azalaque,
nieve mixta entre los fistros.

Compungido y flamertado
camino sobre los gámpegos,
como una nube volporeada,
al límite de los méstegos.

Mientras los colímteros rezuman pulfas
los adventistas ahornan belfas,
el miserere cruye en los garfios,
la amatoria priste en las senfias.

Espoleado por el vísico de los colicios,
traumeda víscera de alpocavardas,
vive pacarto hasta los crúnteros,
como un halo gris de esterasmas.

No pervierte el pitándromo,
clavícula de asimalismos,
embrujando el filértesis
dondequiera que audimos.

Cuando el prasmo persigue a la miconda
cimbrea el ástexis, morfema de custros,
liviano procede a estumenar pleosismos,
la vasta estoca esconde astrutos.

Entregado a la escreroncia
aún disipo el tamasurdo,
confiado y profilúntico,
camuflado en el pracurdo.

Nunca el presismo entretuvo a la sicoria,
anduvo molierdo y abastecido,
sabiendo amalar la espluta torda,
en un abismo triconotino.

Por eso, el tardo esculpe alundros,
reverdece cártidamente sobre los trilios,
las féculas zortan el perifostro,
las ínsulas ahurdan los osprimios.

Para que las mírselas revienten los estordos,
y los pléyamos claudiquen por los mirdos,
el astruz recoge el filinteo
y se atusba un infausto tirdo.

Maniatado por dos hercúleos
el fetán traspulla estrillos,
la misájora ronronea altiva,
el coságero platica aliños.

Pervertido en el lupanar del oscismo,
plintea el garfio, como un capitán lascivo,
enurma la milonga, el cántico cúrtico
del emistante, el balido bala del tiovivo.

Escoriado y estiércol, me abraza el cimbrel
cual asino abedul, y la prina cornea,
manteado por afganos rayados de paroxismo,
el ilustre anteojano velpulle la azotea.

(...)

Y el desecho crece, como la ira,
de reojo observa, pero está ciego,
a veces grita para los sordos,
y cuando calla es porque está muerto.

Y el desecho muere, tal como vive,
nadie se acuerda de cómo ha sido,
tal vez un día alguien musite:
«Así da gusto no haber nacido».

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