Esta mañana me he levantado artista. No he esperado a meterme en la alfombra de Calvados ni a probar los ricos bizcochos de níquel que cada jornada me prepara mi Señora Momia.
Tenía prisa por comenzar a pintar Las Meninas, aunque no sabía con qué nombre firmarlas; por escribir El Quijote, con razón o sin razón que a mi razón se face; por esculpir el David de Miguel Ángel, sin necesitar modelo; por dirigir la Filarmónica de Berlín y a Herbert Von Karajan juntos; me sentía capaz de diseñar La Sagrada Familia, y hasta de construirla, aunque pensara que nunca la terminaría; estaba dispuesto a convertir mi primera película en la más importante de la historia del cine pero no sabía si titularla Ciudadano Kane o Jose-Bush. Por saber sabía que no había nadie que pudiera representar mejor que yo Hamlet, pues por algo me bautizaron con el nombre de Isabel Pantoja.
Hoy debo haber nacido para hacer arte de todo. Y eso debe tener mérito pues no me he dejado influir por nadie. Aunque sé que habrá gente que me acuse de imitar a escritores de la talla de Velázquez, como si éste supiera escribir; o a escultores tan delicados como Cervantes, como si éste hubiera nacido para dirigir una orquesta. Muchos pensarán que mis creaciones no tienen el mismo valor artístico que el Calcetín de Tapies o el Coby de Mariscal; se atreverán a discutir mi originalidad y no dudarán en preferir la infinita calidad literaria de las novelas de Marcial Lafuente Estefanía o Boris Izaguirre, el hechizo de los lienzos de Miquel Barceló, la sensibilidad musical de Albert Plá o Chiquetete, la riqueza de contenidos de la filmografía de Mariano Ozores, y hasta el derroche de imaginación, principalmente cultural, de ese descubrimiento llamado Tele Cinco.
A todo estoy acostumbrado. No hace mucho, los mismos que mostrarán su escepticismo por mis obras, desconfiaban de mis invenciones, yo que descubrí que la tierra era redonda y que las cabezas de los seres humanos eran cuadradas; yo que inventé la rueda y el autogiro, en los años que pensaba que todo era rodar y rodar; yo que creé A Media Luz... los besos y fui capaz de que La Cieguita recobrara la vista.
Será la envidia, será el clavel, pero pocos saben lo que yo sé: Nada. Deben de ser los años, que no pasan en balde. Porque no me acuerdo de las fórmulas, de cómo descubrí La Ley de la Gravedad, o la Teoría de la Relatividad.
Tendré que consultar con Arquímedes para que me recuerde el Principio, y con Pitágoras, si todavía juega en la Real Sociedad, que me ilustre con el Teorema.
No quisiera perder la oportunidad, también de preguntarle a mí mismo si aún cree que me he hecho a mi imagen y semejanza, si este es el Universo que había imaginado, y de paso, si además cree en Dios.
Mucho me temo que esto último será más fácil que lo conteste Yo: “CREO EN DIOS PORQUE DIOS SOY YO “.
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