Sentado en la cornisa de la luna
siento la llamada de tu cuello,
etéreo atardecer envuelto entre plumas,
crepúsculo de los dioses que nunca descansan,
almas sublimes aferradas al abrazo eterno.
Siendo el báculo de tu presencia presente
contemplo la profundidad de tus ojos,
esa mirada larga y candente
que me advierte de la melancolía,
de sus efectos provocadores:
De la terrible nostalgia de tu boca,
jamás sacrificada por un beso inocente;
de la paz de tus manos, tierno roce
de caminos hacia el paraíso;
de un cuerpo espejo de metáforas,
una espalda columna de amaneceres
-sostén de piernas comprometedoras-,
el seguro del paso firme, del reposo.
Soy de esa clase de hombres
que tiende a posarse en los versos,
que ofrecen flores de angora
(suaves rosas de terciopelo)
a cambio de Besos
que saben a Gloria.
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