martes, 4 de noviembre de 2008
LA EDAD DE LA PACIENCIA
Cuando la edad toma la costumbre de avisarnos,
para que la recordemos,
acabamos entregados a la nostalgia,
a todo lo que pudimos haber hecho y no hicimos,
a lo que debimos hacer sin despecho y no nos atrevimos,
a lo que quisimos haber deshecho y no supimos.
Como nunca tenemos la edad que nos merecemos
acostumbramos a castigar al prójimo con ridículas virtudes,
supuestos valores envueltos en filosofías edulcoradas,
metafísica superlativa para un corazón engolado,
una inquietante pobreza de años y el más preocupante desasosiego:
no tener una sola edad.
A quien no busca un motivo para ser recordado
porque el motivo es Ella,
el tiempo, los sueños, la vida,
le empujan a contar los Años hacia adelante,
hacia el encuentro con la calma,
la dulce calma de la paciencia.
En el encuentro con la madre de las virtudes
debemos ser humildes, sabios, y sobre todo, buenos;
debemos ser generosos, nada arrogantes ni pretenciosos;
amistosos, sí, pero cariñosos,
porque el amor no se puede sustituir por nada:
su olor y su valor terminarán por derrotarnos.
Cuando cumplimos la edad de la paciencia
aumentamos la belleza, la cordura, la experiencia.
Cumplimos porque sabemos y vivimos,
al tiempo que reflexionamos,
así que cuando queremos,
ESPERAMOS.
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