martes, 4 de noviembre de 2008

COMO HERMANOS

Eran como hermanos. No se podían ver: incluso uno era ciego. Pasaban la vida peleándose: incluso uno era boxeador. Vestían siempre del mismo color pero eran muy diferentes.

El mayor parecía el pequeño. Rebosaba juventud por todas partes menos por una y no había pegado más golpes en su vida que los que propinaba en los cuadriláteros. Con un par de puñetazos tenía bastante, y a veces ni los necesitaba. Le bastaba con soplar. Había ocasiones que le pagaban el doble de lo normal por anticipado sólo porque le pegaran un sello de correos en la cara.

Pero por lo que era de verdad conocido no era por dar golpes, que no los daba, sino por cómo conseguía vivir sin pegar ni golpe.

El pequeño parecía el mayor. Reflejaba la cara del desgaste y el esfuerzo descompensado. Se le adivinaban las arrugas hasta en el pensamiento. Pero a su favor estaba que no tenía tiempo para pensar. Se pasaba el día trabajando pero no lo podía ver: tenía ceguera total; y no había cosa que no supiera hacer. Colocaba un par de ladrillos como quien coloca un par de banderillas; ajustaba tuercas, y con la misma destreza, con la boca que con los pies; servía copas con una mano en una barra, y con la otra repartía bombonas de butano. No tenía tiempo para comer un bocadillo. A veces, el bocadillo acababa comiéndose a él.

El mayor invertía el dinero que ganaba en los combates en apuestas de carreras de galgos paralímpicos, apartado de ciegos. Llegaba a ganar mucho dinero, y para conseguirlo sólo necesitaba comprar los galgos, y sobornarlos, con la promesa de que algún día recobrarían la vista.

Era un vividor. Su vida era un juego. Y sólo sabía ganar. Conocía todos los juegos y a todos apostaba. A veces lo hacía con el dinero del Monopoly, y cuando lo utilizaba para sus vicios recibía a cambio la carta de ¡Vaya a la cárcel! sin pasar por la salida.

La fianza acababa pagándola su hermano, que dada su ceguera casi siempre excedía de lo fijado. Antes de llegar a casa, los dos se enzarzaban en una pelea. Era un triunfador. Y tenía éxito con las mujeres. Tenía tiempo. Incluso para ignorarlas.

El pequeño no sabía para qué quería el dinero. Si lo ganaba era para seguir trabajando, y como no se paraba no podía pensar en su utilidad. Llegaba a gastar muchas fuerzas y a destrozar la moral de quienes le veíamos. Su amor al trabajo era desmedido y un día llegó hasta a proponerle matrimonio. Era un currante. Su vida era un trabajo. Y sólo sabía trabajar. Conocía todos los trabajos y en todos se consumía. Cuando llegaba rendido a casa procuraba estirarse en la cama, inmediatamente, sin quitarse los zapatos: nunca era necesario porque siempre acababan destrozados; pero allí encontraba a su hermano durmiendo plácidamente en posición diagonal, ocupando todo el espacio. Entonces, no le quedaba más remedio que descansar debajo de la cama, a ras del suelo. Después de levantarse, antes de salir de casa, los dos se enzarzaban en una pelea. Era un desgraciado. No conocía a las mujeres ni distinguía su sexo. No tenía tiempo, incluso para ignorarlo.

El mayor no tenía tiempo para trabajar pero sí para ganar dinero.

El pequeño no tenía tiempo para ganar dinero pero sí para trabajar.

Y así fueron pasando los días, que para uno parecerán cortos, y para otro, pesadillas...

Y así acaba esta historia, que para unos parecerá un cuento, y para otros, su memoria.

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